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martes, febrero 09, 2010






Música para días lluviosos










Sí, sí, lo sé hace casi dos meses que no escribo nada, pero es que este trimestre hago más horas y justamente en los huecos que tenía, así que voy de cráneo, y más a partir de esta semana, que empiezo un cursillo telemático de los de 45 horas que te ocupan 100 por los menos. En fin, paciencia.










El caso es que las pelis se han acumulado, ha habido un terremoto (recorté los números de cuenta de ong's para Haití pero no hice la entrada al final, me imagino que TÚ ya habrás colaborado), he leído sin parar, he hecho mi primer viaje a Andalucía (Sevilla, estupendo lugar pese a que casi me salen aletas de buceador de tanta lluvia) y cosas así. Ah, y estoy rompiendo un número redondo de los que no le gustan a Vila-Matas (buen libro ése de Para acabar con los números redondos, un catálago de efemérides no redondas de escritores) porque ésta es la entrada 301 del blog. En fin, muchas cosas. Además, como los piratas deben detectar qué blogs están inactivos, me van llegando mensajes con publicidad de viagras y tonterías, así que a escribir.






¿De qué puedo escribir después de tanto tiempo? Pues de nada especial, de un anodino lunes de lluvia, de la música que uno puede escuchar mientras lee una entretenidísima novela de Donna Leon (en este caso El peor remedio, pero la verdad es que son todas muy parecidas, tramas similares, desarrollo parejo, número de páginas, y el mismo estilo suelto y agradable, periodístico).




Hay mucha gente que no sabe leer, estudiar o lo que sea con música, a mí me sucede justamente lo contrario. No recuerdo un día sin línea ni tampoco sin radio, sin música. Y ayer fue el día de este gran disco que os he puesto al comienzo, un Nick Drake del que ya hablé en otra ocasión. Sus discos remasterizados están tirados de precio en http://www.fnac.es y estoy convencido de que su voz grave y aterciopelada es una estupenda compañía para el invierno. Buscaré un vídeo y lo subiré pàra que os hagáis una idea.
Salud.

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miércoles, septiembre 23, 2009











Haggisland






Uno de los viajes del verano me llevó por tierras escocesas, concretamente a Edimburgo. Toda una delicia viajar en agosto, salir del bochorno y de los cuarenta y tantos grados de España y aterrizar en los veintipocos de máxima de Escocia, desenterrar la gabardina y la manga larga por unos días.






La ciudad de Edimburgo es preciosa, ideal para patearla y escudriñar rincones. Tiene un punto gótico y macabro que no me esperaba, con sus referencias a los ajusticiados en la plaza del mercado de Grassmarket, los ladrones de cadáveres del cementerio de Greyfriars, unos cuantos edificios grises de aspecto inquietante, la visita, que no hice, a los pasadizos del subsuelo de la parte más famosa de la ciudad (toda una metáfora) donde, en los años de la peste del final de la Edad Media, cientos de apestados fueron encerrados hasta que murieron. Os dejo el enlace para el que quiera echarle un vistazo: http://www.realmarykingsclose.com/.







Y tiene, evidentemente, un buen montón de sitios a los que ir. Además de los pubs, realmente cosy y acogedores, los museos son también una opción para pasar el tiempo y ver caer la mansa lluvia (ya dicen por allí que si no te gusta el clima, sólo tienes que esperar cinco minutos para que cambie). Por ejemplo, el museo que la ciudad dedica a sus escritores clásicos, el Writer's Museum, con objetos curiosos de Robert Louis Stevenson, Walter Scott y Robert Burns (el autor del poema que hizo que se popularizara el haggis, supuesto plato típico escocés).





Hay muchos más Edimburgos: el de Leith, el puerto que antes era lo más tirado de lo tirado (si habéis leído Trainsppoting de Irvine Welsh ya sabéis a lo que refiero) y hoy es una zona de lujo parecida a los docklands londinenses; el Edimburgo medieval lleno de referencias a María Estuardo; el abarrotado y lleno de artistas callejeros de la Royal Mile (no me quiero ni imaginar lo que será esa calle en la fechas de los celebérrimos festivales de Edimburgo en agosto); el de Harry Potter (por cierto, preciosa la cafetería donde surgió el personaje de la pluma de J. K. Rowling, The Elephant House, uno de los lugares más agradables y con mejores vistas, incluyendo pasteles, de Edimburgo); el Edimburgo verde, con su recorrido por la bella zona de Dean Village, un auténtico oasis dentro de una ciudad bastante tranquila y con zonas bien delimitadas y diferentes...



He dejado para el final una de mis debilidades, el Edimburgo que dibuja Ian Rankin en sus novelas negras del inspector Rebus, que pueden ser una verdadera guía alternativa al Edimburgo oficial. De hecho, compré un libro de Ian Rankin titulado Rebus's Scotland en una tienda de ofertas en Princess Street que es una auténtica delicia, con fotos en blanco y negro y textos de Rankin. Bien, pues como ya sabéis si sois lectores de Rankin, el santuario de Rebus es el Oxford bar, http://www.oxfordbar.com/, un bar, no un pub (o sea, sin comida, ni dos pisos, ni moqueta en la pared...) estupendo y confortable pese a su pequeñez en Young Street, paralela a George Street, con unas excelentes cervezas escocesas (y con una camarera simpatiquísima que me dejó probar las tres que tenía de barril para que me decidiera por la pinta que más me gustara, cosa que fue difícil). Desde luego, si viviera en Edimburgo, ese bar sería mi segundo, por no decir el primero hogar.





Bueno, os dejo y prometo subir mañana un vídeo.



(Pongo el título en negro en referencia al haggis, ese embutido omnipresente en todas las tiendas hecho de sangre, pulmón, vísceras, manteca -o sea, una morcilla- que los escoceses acompañan con purés de avena, una auténtica bomba pero sabroso e ideal trasegar pintas).





P. S. La banda sonora no puede ser otra que Belle and Sebastian, concretamente este doble cd, Push the barman to open old wounds, que reúne los primeros eps de la banda de Glasgow y que me compré nuevo por ¡¡cinco libras!!. Algún día hablaremos de lo del precio de los discos en España y por qué han descendido un 30% las ventas. Salud.

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sábado, septiembre 19, 2009










Here comes the autumn!!





De repente, un día de septiembre tienes frío en casa y buscas en el armario los pantalones largos de chándal para estar en casa. Ése es, sin lugar a dudas, uno de los mejores días del año, cuando el verano está vencido y empieza el fresco, que para mí es tiempo de renacer, de crecer, de que te apetezca hacer cosas y olvidarte de la molicie veraniega en la que pasas de la cama al sofá, del sofá a la ducha (tres, cuatro diarias...) y poco más.
Es verdad que lees mucho y que, pequeño detalle, el verano es la época de las vacaciones, pero es un pequeño detalle menor, seamos optimistas. Y también hay setas frescas (hoy he visto en Tarragona rovellones a 45€, ni que fueran trufas!!!), uno ya quiere cocinar platos de cuchara, recuperar el buen tinto y los quesos, la música que pones en el equipo se hace más intensa y más densa, menos juguetona, los libros más variados, el paisaje se vuelve bellísimo, por las mañanas la humedad se concreta en forma de niebla de la que luego se disipa en las zonas bajas (por ejemplo os recomiendo en Tarragona la zona del Montsant, Escaladei, la Conca de Barberà...).




Pues eso, me encanta el otoño.




P.S. Hay muchos discos con el otoño a cuestas, desde los imbatibles Armstrong y Fitzgerald con "Autumn in New York" hasta, sin abandonar el jazz clásico, Stan Getz y su "Autumn leaves", con el que os dejo por hoy. Salud.

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miércoles, agosto 19, 2009



Volver




Veo con asombro que la última entrada de este blog es del 13 de mayo (en mi descargo he de decir que algún vídeo que prometí Youtube no me lo ha subido, otro día me pongo, ... que es lo que pensé varias veces desde ese 13 de mayo).


¿No me ha pasado nada desde ese día, no se me ha ocurrido nada, no he leído, visto pelis, reflexionado sobre muchas cosas, comprado docenas de discos...? Sí, claro que sí, pero no me he puesto, tengo varias entradas empezadas a las que les cambiaré la fecha y actualizaré, pero tampoco me quiero agobiar, es casi la una de la mañana y hace una noche asquerosa en Zaragoza, de ésas en las que no corre el aire ni de casualidad y en casa el termómetro marca 30 bonitos grados que harán que descansar sea imposible.


Así pues, volver, con la frente sudadita en vez de marchita. Sé que nunca se vuelve a ningún sitio porque ya no somos el que fuimos, ni los demás ni las cosas tampoco.


Escudriñar los motivos por los que hoy me pongo no merece la pena, así que no lo haré, aunque he de reconocer que reencontrarme con varias personas a las que hacía años que no veía y que me han preguntado por mi blog me ha hecho pensar que a lo mejor no es todo tan solitario ni solipsista. Y también la sensación feliz de volver a ver a amigos y conocidos en mi reciente viaje a Monreal del Campo (¡qué alegría saludarte, Rosi!!), notar que el cariño permanece pese a las distancias y los años... En fin, no sigo. Otro día continúo con otros temas.
P.S. La foto de arriba, que soy yo creo recordar que en Viena, no sé si ya la había puesto, ahora no tengo tiempo de buscar una portada del cd que sonaba, Songs for distingué lovers, de Billie Holiday, una maravilla de la que tengo dos ediciones con canciones diferentes. Aunque reconozco que desde que fui al pueblo no me he quitado de la cabeza la canción de La Buena Vida "Un actor mexicano".
Salud y saludos.

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miércoles, noviembre 05, 2008



Yes, they can






Parece que los americanos del norte han votado y ha salido mayoritariamente Barack Obama, espero que sea para bien de todos.



P.S. Banda sonora: Internationalist, de Style Council.

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jueves, octubre 23, 2008


Alejandrino




"Vesícula biliar acodada en su fundus".
No me digáis que no es genial, además de que mi ecografía parece un plato de cocina creativa, si cuentas las sílabas y no se hace ninguna sinalefa salen catorce, un perfecto alejandrino.
Sin comentarios.


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miércoles, septiembre 24, 2008


Además del cielo, también hay otro lugar donde nunca pasa nada


Me imagino que el que el que más y el que menos habrá oído o leído algo de esta simpática campaña de promoción de este pueblo del Maestrazgo turolense. Como yo les tengo cariño a estos pueblos donde nunca pasa nada, os pongo el enlace:


P.S. La web tiene música y voces. A disfrutar

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sábado, septiembre 20, 2008


Novus locus amoenus


Despertarse pronto un sábado y levantarse tarde.

Comprar el periódico y ver que hay varias cosas interesantes para leer, especialmente en el suplemento de cultura.

Pasear por el mercado y ver el pescado saltarín, las jugosas verduras, los emtutidos tentadores.

Tomar un buen café lento y acompañarlo con un excelente pincho de tortilla y tres rebanadas de pan con tomate y aceite de oliva de Siurana.

Escuchar por los altavoces del bar a Diana Krall cantando standars.

Recibir un poco de brisa desde el taburete y otro poco de aire del ventilador del techo.

No tener ninguna prisa.

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miércoles, agosto 27, 2008

Ferragosto




Iba a escribir un microrrelato, pero chiuso per ferie.

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domingo, julio 20, 2008

Y en mi interior yo tengo una playa/

donde fabrico mis recuerdos perfectos


(Historia de tres bares II)


Antes de que se me vayan los temas de las teclas, retomo la serie que inicié con el Café Windsor.




El segundo de los bares de mi vida se llamaba Café Tango y también estaba situado en el Casco Viejo de Zaragoza, en la calle Méndez Núñez, mucho antes de que se pusiera de moda como calle cool llena de bares y de tiendas de ropas y de entrada a la zona de tapas. Creo que lo descubrí (o descubrimos, a medias con Alfonso, no sé) alguno de los días que íbamos a la llorada librería Pérez de la calle Estébanes a rebuscar en sus insondables fondos (¿qué se fizo de tamaño montón de libros, do fueron a parar?). Hoy es una tienda de informática, a la que le auguro un futuro mínimo, pero mantiene los dos estupendos ventanales que tanto me gustaban.
Era un lugar estupendo para tomar un buen café en mesa de mármol (prometo un día una entrada sobre esa bebida que tanto significa) y oyendo el mejor jazz. Al principio de ir, lo llevaban dos chicos y poco más tarde se quedó solo Toño, con el que después he quedado tantas veces para ir de vinos e incluso algún viaje con su 2cv (parecido, sin chica, a este modelo de la foto). Recuerdo, por ejemplo, uno en verano a su Logroño natal, viendo las estrellas con la capota quitada.

A lo que iba, el bar se convirtió en un refugio al que iba en ocasiones hasta 2 veces al día, en el que hablar y escuchar buen jazz, leyendo, escribiendo, sintiéndose estupendamente. Toño nos fue advirtiendo de que la finca la había comprado una gente que quería especular y él aguantó hasta que vendió el local. Después, le perdí la pista, tan aficionado como era a perder móviles y direcciones. Alguien me dijo que se había comprado un barquito y que vivía en él en el puerto de BCN, el caso es que ese segundo bar, en mitad del Tubo, pasó a mejor vida.

P.S. Al principio, el jazz que sonaba en el Tango era en casete y luego pasamos al cd y a intercambiarnos mucha música. Este maravilloso cd de Ben Webster y Harry Edison sonó cientos de veces, así que ahí os lo dejo. Luego pondré algún vídeo de jazz. Salud.

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lunes, julio 14, 2008






Llamando a justicia poética, por favor


La tristeza es un sentimiento profundo, de fondo, ese líquido negro que inundaba la sangre según los antiguos (creo que eso ya lo dije una vez, melancolía viene de melanós, que es griego quiere decir negro, y por eso decían que la sangre del triste es negra) y una de las formas de salir de ella es cambiarla por la mala leche y el enfado, que es un estado más cambiante. Y como en este país de mierda siempre hay motivos para enfadarse, vamos allá.


Por ejemplo, la llegada, como nuevo maná tecnológico, del trasto que pongo arriba, a la derecha (por supuesto), el iphone por el que centenares de personas pasaron la noche al raso en la tiendas de telefónica. Si de algo puede estar orgullosa la derecha mundial es de que sus valores son los predominantes en todas las sociedades y el pijismo lo ha invadido todo, en forma de consumo desaforado, le omnipresencia de las marcas, etcétera. El año pasado en Viena nos llamó la atención que en los cafés más elegantes de Viena (que ya es decir), el azucarero era de esos de vidrio con un tubito, nada de esos estuches para el azúcar con los que cualquier bar no obsequia. Algo impensable en España, con esa moral de nuevos ricos que nos hace derrochar y gastar dinero en tonterías. Evidentemente, tengo alumnos para los que gastarse 6 € en un libro de lectura del que se van a examinar y que tendrán toda la vida en la estantería era un despilfarro, lo que nos les impide llevar zapatillas de 90 € de marca que les duran 1 mes o el último móvil de 300 € que cambiarán a los 6 meses escasos. Y por supuesto, alumnos que me han dicho que tener el canal satélite era imprescindible, pero leer no.


En medio de esto del iphone, que ocupó minutos en los principales telediarios, una patera llegó a Almería con un montón de cadáveres y otro buen montón que había arrojado por la borda. Del comprador del primer iphone conocemos hasta el nombre y condición social, de estos desesperados que vienen a pertubar nuestro idilio con el mundo perfecto, nada. Perfecto.


P.S. Pondré durante unos cuantos días fragmentos de canciones de Sergio como título de las entradas. La música que acompaña hoy esto podría ser el último cd que me he comprado, Chris Walla, cantante de Death Cab for Cutie, Field Manual. Salud.

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jueves, julio 03, 2008













Historia de tres bares (I)



Si Dickens escribió la Historia de dos ciudades, uno, muchísimo más modesto, va a escribir la historia de tres bares, de tres bares que han significado mucho para mí.




El primero de los bares de los que os voy a hablar se llamaba Café Windsor y estaba en el nº 127 del Coso de Zaragoza. Como no hay forma humana de encontrar una foto en la red, os pongo la iglesia de la Magdalena, que está justo al doblar la esquina.





El Windsor fue el bar de mis años universitarios, de los años que van de los 18 en adelante (no, no es la época de esta otra foto, no penséis). Era uno de esos cafés de los que llamábamos de abuelos, donde una inmensa barra de formas redondeada tenía un montón de pinchos populares, sobre todo rebozados (ay, ese bacalao que nunca volveré a comer!!), una división con un par de arcos y una zona de mesas de formica donde echar la partida.





Lo más curioso era la mezcolanza que se formaba, los abuelos del barrio (un barrio bastante degradado, con pocas zonas verdes y con unos ancianos que veían con agrado la turbamulta de jovenzanos de tendencias bastante ácratas que íbamos por allí) y los jóvenes de pelaje variado que se fumaban sus petas (cuando eso no era muy cool que digamos) y arreglábamos el mundo entre vermús de granel y cañas. Allí íbamos los antimilitaristas al acabar las reuniones, o al empezarlas, ya que teníamos la sede al lado (un edificio semirruinoso, sin agua y con unas bonitas grietas en el suelo por las que sacabas la mano), los chicos del "Ligallo de fablans de l'aragonés", que compartíamos piso (y a veces éramos los mismos que nos desdoblábamos en triples o cuádruples militancias, pues algún objetor también era antitaurino, o de Ecologistas en Acción, o de la CNT...). Por supuesto, músicos, algún echador de cartas o narrador, agitadores varios...




Allí iba uno solo y siempre encontrabas a alguien, o te ponías a mirar por los amplios ventanales (tendría que ser deporte olímpico, mirar a la calle desde un ventanal de un bar). Allí, como en Luces de bohemia, alguna vez se refugió uno de la policía que venía detrás y encontró la solidaridad y la ira ante lo ocurrido de los dos abuelos que llevaban el café y de los que ya no consigó recordar (Armando?) el nombre pero sí la cara. Y, por supuesto, fue el territorio de los primeros besos, de las primeras emociones que todo lo llenaban. Del día que lo cerraron guardo, no sé dónde, el cartel que se editó en su recuerdo y el vaso de la última caña que me bebí. Salud.


P.S. La música la he puesto de you tube, aunque me dicen que no se oye muy bien, los Golpes Bajos de "Malos tiempos para la lírica", uno de los primeros discos que me compré, imcluso antes de tener tocadiscos (así me obligaba a tenerlo) y que, en esa época, me encantaban y me siguen pareciendo estupendos.

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jueves, mayo 22, 2008





Alegría y tristeza del cuarto de hotel (2)








Tengo la tendencia a empezar series en este blog y luego no acordarme de continuarlas, así que antes de que se me vaya el santo al cielo (o lo que quiera que se nos vaya a los ateos), seguiré con la que inicié el último día.



Dije que hablaría de hoteles y literatura y luego no lo hice, así que sigo por ahí.



La idea de estas entradas surgió de un artículo que publicó Rosa Montero hace unos meses en el EPS. Allí hablaba de esa sensación ambivalente que dan los hoteles, de la cantidad de gente que elegía un hotel para suicidarse, y lo ilustraba con esta abracadante foto del suicidio del escritor Stefan Zweig y su mujer Lotte en Río de Janeiro (foto de la que hay varias versiones, alguna menos romántica y menos retocada que ésta). Pero a la vez añadía que una habitación de hotel limpia, ordenada y agradable se convierte durante unos días en la mejor de las cosas en un viaje, tener un sitio al que volver, confortable (¡qué buenos son en general los hoteles españoles en comparación con lo que se ve por Europa!), una prolongación de la casa de uno.


La verdad es que cuando uno lee algo de la literatura europea del periodo de entreguerras no puede más que sentir una sana envidia de esos hoteles majestuosos en los que vivía gente como Paul Morand, hoteles cosmopolitas por los que pasaban todos los personajes importantes. La lista es enorme: el hotel Savoy de Londres, el Europa de Praga, el Adlon de Berlin en medio de Unter der Linden, el Palace de Madrid, el Ritz de Barcelona... Muchos más. Por allí pasaban grandes temporadas autores como Jardiel Poncela, Ramón Gómez de la Serna... No sé si hay una literatura de hotel, con el membrete del mismo escrito en el papel que utiliza el escritor (ah, esa anécdota del escritor novel que va al Café Gijón y pide, como ha leído en las novelas admiradas, "recado de escribir" y el camarero, guasón, le responde "¿Solo o con leche?"), pero desde luego muchas grandes novelas se han fraguado en cuartos anónimos de hotel.

Mucho más modesto en mis pretensiones, os he puesto arriba la foto del hotel en el que estuve en Amsterdam, el Owl (lechuza, bonito nombre). En la tercera ventana del tercer piso me asomaba a mirar la lluvia.

P.S. Aunque suena otra cosa, de la que pondré otro día un post, Sr. Chinarro, a esta entrada le sienta bien el jazz, concretamente ése que siempre sonaba en los hoteles lujosos, tipo Ellington o algún grupo pequeño. Es muy curioso leer lo que se decía en la Europa de entreguerras del jazz, cómo era visto. Era una música salvaje y desenfrenada que tocaban negros y que parecía lo más diabólico que se había inventado.

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martes, mayo 20, 2008




Alegría y tristeza del cuarto de hotel (1).







Al hilo del libro que me he acabado hace nada, Grand Hotel, de la austriaca Vicki Baum (1888-1960), libro muy recomendable de una autora de éxito en su tiempo (con peli del año 1931 protagonizada por Greta Garbo incluida), me viene a la cabeza que hace meses que quería hablar de los hoteles y su literatura.


Siempre me han atraído los hoteles, desde pequeño, cuando viajaba con mis padres a pensiones baratas (no había para más, lo mismo que lo de ir de restaurante, si acaso algún menú y mucho hornillo en la cuneta de la carretera). Recuerdo uno infame en Reinosa donde yo tuve que dormir con mi madre porque no había habitación para los tres y tuvimos que atascar la puerta sin cierre con una silla. También otro en la calle Princesa de Barcelona, al final de un dédalo de pasillos que hacían necesario otro hilo de Ariadna. Había ardido hacía poco el hotel Corona de Aragón de Zaragoza y me pasé la noche pensando en por dónde saltaría (la habitación no tenía ventana) si hubiera un incendio (optimista que era uno!). Otra vez, ya cuando estaba de profesor sustituto, estuve con mi padre, que era el que me llevaba cuando de repente me llamaban de un día para otro a trabajar a alguna parte de Cataluña, estuve, decía, buscando hotel en Montigalá, al lado del Besós. Para ir sobre seguro, preguntamos en una comisaría y nos mandaron a una pensión por horas cutre como pocas, que debía de ser de algún confidente. Nos fuimos por patas, pero acabamos en algo que dedujimos que era una especie de putiferio (cortinas rosas y demás) más limpio que lo otro pero con la misma función (no es el de la foto, que he bajado de google con el título de "hotel cutre", pero os hacéis una idea) .


Ya cuando me aprendí comunicaciones y las estancias en Cataluña eran por curso, en Cervera de Segarra dormí en un garito que también me dijeron que había sido motel de carretera, y estaban acondicionándolo (de hecho, mientras estaba fuera, me ponían enchufes y demás). Todo bien, de no ser porque al subir a la habitación, un señor mayor, albañil, me dijo que le ayudara, que su compañero de habitación y curro estaba desmayado en la ducha y no reaccionaba. Sacar a un albañil de 60 años, gordo y desnudo, de una ducha abierta no es un deporte que recomiende. Otro día sigo con otras historias.


P.S. He subido un vídeo que habla de hoteles tristes, de Chris Isaak, canción que me gusta mucho.

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sábado, abril 26, 2008






Con un par...










De un título así, cabe esperar que uno se ponga a hablar de gente que hace declaraciones como ese dirigente de seguridad nuclear (valga la antítesis) que ha dicho que si nos comiéramos un bocadillo con todos los isótopos y sustancias radioactivas que se escaparon de la Central Nuclear de Ascó (que aparece en algunos carteles sólo así, CN Ascó, por algo será) en el pasadísimo mes de noviembre, no nos pasaría nada. Yo, por si acaso, le recomiendo esa dieta a él y a algunas otras personas y me quedo con la imagen de la foto.


De todos los platos que a uno le gustan, que son muchos, no es que el favorito para cualquier ocasión sean unos huevos fritos con patatas y longaniza (si añadimos unos buenos pimientos del piquillo, buen pan, queso, buen vino tinto y un buen café con orujo, la epifanía es completa), pero sí que es algo a lo que nunca diré que no. En casa de mis padres, esa comida es de fiesta, de lujo, de las de señalar en el calendario. Podría decir aquí que el huevo (siempre dos al menos, mi padre tiene el record, según cuenta él, y yo me lo creo, de 14 huevos!) hecho con puntilla, la yema poco hecha pero sin esa agüilla tan desagradable, las patatas lentas y con un ajo para que cojan sabor, la longaniza de Teruel o de Graus, los pimientos de Mendavia o de Tolosa, el queso curado y el pan de leña y con la masa con mucho hueco, reposo y levadura madre, de esos que ya se ven en pocos sitios. Podría decir también que el vino podría ser de esos nuevos cariñenas plenos de sabor y sin raspar, o como el que me bebí con mis padres, un Argilay, Vino de la tierra de Jiloca de la cooperativa de Báguena de Jiloca (gracias, Jose y Asún por el presente), pero cada cual que lo complete a su gusto. Lo cierto es que es cocina de siempre, de la que nos lleva al pasado, al presente y al futuro, de la que impregna nuestras papilas gustativas y nuestra memoria. Salud.

P.S. No conozco ninguna canción que hable de huevos fritos, pero los zaragozanos Ixo Rai!, en su primer disco (que pagamos sus amigos comprando bonos), Mosica y mondongo, tenían un himno que siempre canto, "Más magra", dedicado al jamón, donde dice "con huevos fritos y ajo/ rebaño el plato/ con unos esparragos/ que sean gordos".
Salud.

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jueves, febrero 21, 2008



La felicidad empanada




Hoy os voy a dar hambre, ya lo aviso, aunque los habréis notado al ver las fotos de esta entrada. Hoy hablo de las croquetas, tan humildes y excelsas a la vez. Si la tortilla de patata es la prueba del nueve de un bar, las croquetas vienen a ser la prueba auténtica de la división, la laboriosa que se hacía multiplicando el divisor por el cociente y sumando el resto.

Aunque está claro que las mejores croquetas las hacen las madres, con su paciencia con las dos cucharas, sus restos de la sopa (gallina, jamón, pollo), su punto de empanado y de fritura, su regularidad, como un batallón de felicidad en un plato.

Hay quien todavía recuerda con envidia mis bocadillos de croquetas de cuando iba al instituto, y hubo una profesora de Griego (la lengua griega, quiero decir) que me dijo que era un bocadillo surrealista, que mezclaba dos realidades imposibles en un mismo plano. Sí, sí, surrealista, pero bien bueno que está.

No os voy a dar ninguna receta, todas las madres tienen la suya, personal e intransferible. En Barcelona, Rambla de Cataluña, había un bar, La Croquetería, que se jactaba de tener más de 80 tipos de croquetas, algunas imposibles como de café, arroz con leche, cocido, limón, chocolate... A tanta herejía no llegué, pero alguna vez que hice una degustación allí, que ponían cinco tipos, la verdad es que había alguna de queso bien sabrosa. Y una vez, en casa de unas amigas, recuerdo haber comido una croqueta de un palmo que ocupaba toda la sartén. Me supo rica, pero me parece que era más bien por el cariño. Y lo que me gustaba de pequeño darle vueltas a la masa y que se quemara un poco, se socarrara, que decimos, y que me comiera ese rico socarrado, o meter un dedo en la masa aún caliente...

¡Qué hambre!.
P.S. Hasta donde yo sé, no hay canciones que hablen de croquetas, se dedican al amor y otras tonterías, pero no sé por qué me viene a la cabeza la época más castiza de Gabinete Caligari y su "Al calor del amor en un bar" o su "Que Dios reparta suerte". Será que la croqueta nos lleva, como la magdalena de Proust, al pasado y a los bares perdidos que tenían toda la paciencia del mundo para hacer las croquetas...

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martes, febrero 19, 2008




Un concierto en una lata








El sábado pasado estuve con mi amigo David Vela de concierto en Zaragoza, en un local que se llama La lata de bombillas, oyendo a Bart Davenport, este americanito que tenéis aquí arriba. A pesar de la falta de puntualidad, un concierto bonito, acústico, con canciones pop teñidas de dulzura y la melancolía de los ritmos de bossa. Yo tengo dos de sus tres cds, que me sorprendieron y gustaron. Éste, que siempre está saldado y que creo que es el último, es el que os recomiendo hoy.

La noche continúo entre cervezas y charla. La única pega que le puedo poner es que lo del tabaco en este país es de nota. No hay forma de salir por ahí por la noche a tomar una cerveza sin que todo tú acabes siendo un cenicero con pantalones. La excusa de que el extractor se lleva el calor y que por eso no lo ponen es tan mala e inconsistente como si te dicen que no ponen música en los bares porque la gente sufrirá luego problemas de oído. Una pena. Por algún sitio leí que para el 2010 en toda Europa no se podrá fumar en los bares de menos de unos metros. Eso espero, y a los de más metros, buenos extractores (en uso!), separación de zonas. Y, por supuesto, que en todos los sitios donde se coma algo no se pueda fumar.

Los demás lo agradeceremos.

P. S. Os dejo con una imagen de otro concierto en La lata para que veáis el porqué del nombre.

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sábado, febrero 09, 2008







Los placeres del anfitrión














Del mismo modo que me gusta ir a casa de amigos en las que me encuentro como en la mía, me encanta recibir amigos en casa y que se encuentren como en la suya. Esto viene a cuento porque este finde he recibido y estoy recibiendo la gratísima visita de mi amigo pucelano José Ramón Díez Espinosa. No quiero entrar en más honduras, pero tener amigos en casa que vienen de lejos a verte, halagarlos con la hospitalidad, cocinar, abrir botellas de vino que tenías guardadas para esas ocasiones, introducir el pequeño caos de alguien que se confunde de puerta y busca la cocina en el baño (y eso que tengo poco donde elegir...), todo eso, es una alegría inmensa.


Si a eso le sumamos un viaje placentero en tren (reconozco que me gustó mucho coger el AVE y ganar 2 horas a un viaje que he hecho centenares de veces, y es que lo peor de los viajes es la monotonía, que no sean de placer), la conversación, el alcohol y las tapas, el cosquilleo de los regalos mutuos y del cariño..., pues eso, un placer que sé compartido. Por eso pongo aquí a estos dos amigos degustando vino, y es que me identifico un poco con ese sensacional Paul Giamatti de Entre copas, de la que ya os hablé. Y con los que aman el chocolate y el hablar pausado, o con aquellos que hacen cosas buenas que nunca habían hecho antes, o con aquellos cuyas ganas de hablar son mayores que la velocidad del pensamiento embrumado de efluvios y humo.
P.S. ¿Música para este post? La del sábado al despertar, Henry Mancini y "Pink Panther".

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sábado, febrero 02, 2008


Un bar en el mundo (y fuera de él)

De nuevo me pilláis en Valencia, abusando de la hospitalidad de mis amigos. De nuevo los ritos de siempre. Vuelvo y vuelvo a ciudades y me gusta hacer en ellos las cosas que hago siempre. En Valencia ya he dicho que es obligado callejear, ir al mercado central, echar un par de "pilares" en el bar El Pilar, en la calle Bolsería, con sus patatas bravas con ajoaceite y sus clóchinas, pasar mil veces por la Estacioneta que os pongo en esta foto antigua, hacer una visita de domingo al IVAM (mañana me espera Chirico y fotos del hermano de Manuel Vicent).

A esos ritos añado uno bien curioso: alguna noche, de retirada, hay que ir a tomar un buen té a un bar de la calle Ruaya que mis amigos llaman el submarino por una puerta que tiene, y por la forma longitudinal.
Es uno de esos sitios que han conocido tiempo mejores, pero que son refugio de aves nocturnas de diverso pelaje, el típico garito anclado en el tiempo que tiene un encanto algo inefable: oscuro, con un suelo de calle en forma de falso adoquín, un letrero de una calle de Valencia que pone Passatge Tete Montoliu y que dudo mucho que exista más que en la imaginación del gerente del establecimiento. Y es de este señor del que os quiero hablar mínimamente. Desde la primera vez que lo vi me recordó a la idea que tengo de Biscuter, el ayudante de Carvalho, el detective creado (no sé quién creó a quién) por Manuel Vázquez Montalbán. Bajito, con bigote, con una seriedad casi circunspecta, a veces tiene un aire al genial Alfredo Landa de El crack de Garci, de cuando Garci hacía cine. Con tranquilidad y oficio, como una ballena varada, va poniendo sus vinilos de buen jazz clásico, blues, sus teteras desportilladas. Como un detective de novela retirado, que decide invertir su vida en lo que más le gusta, su bar, y olvidarse del mundanal ruido que antaño conoció y que guarda en su interior historias que nunca nos contará.

P.S. En su honor, hoy suena algo de jazz comprado ayer, música de vibrafonistas como Cal Tjader, que ameniza esta tarde de sábado un poco gris. Salud.

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