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sábado, septiembre 19, 2009










Here comes the autumn!!





De repente, un día de septiembre tienes frío en casa y buscas en el armario los pantalones largos de chándal para estar en casa. Ése es, sin lugar a dudas, uno de los mejores días del año, cuando el verano está vencido y empieza el fresco, que para mí es tiempo de renacer, de crecer, de que te apetezca hacer cosas y olvidarte de la molicie veraniega en la que pasas de la cama al sofá, del sofá a la ducha (tres, cuatro diarias...) y poco más.
Es verdad que lees mucho y que, pequeño detalle, el verano es la época de las vacaciones, pero es un pequeño detalle menor, seamos optimistas. Y también hay setas frescas (hoy he visto en Tarragona rovellones a 45€, ni que fueran trufas!!!), uno ya quiere cocinar platos de cuchara, recuperar el buen tinto y los quesos, la música que pones en el equipo se hace más intensa y más densa, menos juguetona, los libros más variados, el paisaje se vuelve bellísimo, por las mañanas la humedad se concreta en forma de niebla de la que luego se disipa en las zonas bajas (por ejemplo os recomiendo en Tarragona la zona del Montsant, Escaladei, la Conca de Barberà...).




Pues eso, me encanta el otoño.




P.S. Hay muchos discos con el otoño a cuestas, desde los imbatibles Armstrong y Fitzgerald con "Autumn in New York" hasta, sin abandonar el jazz clásico, Stan Getz y su "Autumn leaves", con el que os dejo por hoy. Salud.

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miércoles, septiembre 09, 2009




De exposición

El otro día en Barcelona hice algo que me parece que no había hecho nunca. Ya había visto dos pelis en dos cines diferentes en el mismo día, que es una experiencia curiosa (siempre leo varios libros a la vez, así que eso no me llama la atención. Eso sí, que sean bien diferentes), pero no había visto tres exposiciones grandes en el mismo día, de las monográficas, así que retomando mi actividad de cronista cultural alternativo y muy personal, vayamos por partes, que dijo Jack The Ripper (el chiste es de Miguel Ángel Aguilar y a mí me hace gracia).




La primera que me zampé está por pocos días, creo que hasta el 27 de septiembre, en ese marco incomparable que dice el tópico que es el MNAC, en la montaña de Monjuic. Se titula "Això és la guerra" y es una amplia muestra de la fotografía de Robert Capa, uno de los fotógrafos de guerra más conocido y de su mucho más desconocida pareja, Gerda Taro, fallecida en un accidente durante nuestra guerra incivil. Las imágenes de ambos tienen ese hálito de fotografía de urgencia, de captación del instante irrepetible, con un cierto tono épico que después ha sido tan imitado. Pese al tamaño (no eran ampliaciones, así que el tamaño es el que salía), una expo muy interesante.


De allí, previa comida en restaurante del Raval (ya creo que he escrito alguna vez que siempre que voy sin prisas a BCN intento comer en un sitio nuevo), me dirigí al CCCB a ver estas dos exposiciones de las que os pongo los carteles anunciadores, "El segle del jazz" y "Quinquis dels 80".


La primera es una exposición concebida en Francia, creo que en Lyon, y ofrece un gran repaso a la historia del jazz y algunas de sus huellas en diversas artes, pintura, cine, fotografía. Amplia, pretendidamente confusa como una jam session en la que los músicos van entrando y saliendo a voluntad (hay un momento, en el que cada uno de los pequeños altavoces reproduce jazz de una década y estilos diferentes, en que parece una suave pesadilla sonora), es una gozada ver todos sus carteles, discos históricos (ése lo tengo, éste no..., como las estampas), imágenes bellísimas y curiosas de conciertos, fragmentos de películas. Si te gusta el jazz, no te la pierdas.


Y por último, un descenso a los infiernos, un viaje a la adolescencia dura y sin concesiones, de barrio de seat 124 y pantalones de campana con alguna navaja en el bolsillo. Las pelis de quinquis, ese fenómeno sociológico de comienzos de la democracia, sus repercusiones, sus hijos del arroyo... Yo vivía entonces en uno de esos barrios de emigrantes, el barrio Oliver de Zaragoza, de chabolas y de zonas por las que no pasabas si no ibas en grupo numeroso formado por gentes de catadura similar a la que te encontrabas pululando por la calle. De hecho, una de las calles por las que podía pasar para ir al cole tenía el bonito nombre de "Regiones desvastadas". Y la expo lo recrea y explica a la perfección: los cines con las paredes de terciopelo rojo, con sus butacas con churretones sospechosos; las músicas de los Chichos, los Amaya, las Baccara...; las máquinas de millón y de marcianos (se podía jugar y todo), ese protomitología del yonqui, del que se metía de todo, del niño de 9 años que conduce por su barrio el 124; esa forma de retratar la barriada, de la que pocos salían (la lista de muertos de los que protagonizaron "El torete", "El vaquilla", "Perros callejeros"..., es impresionante. En algunos casos había mitificación del delincuente, que hacía todo lo prohibido, y por eso sonroja ver ciertas pelis pretendidamente "sociales" que se esponen. Si tenías 14 años entonces, creo que te gustará verla.


Hala pues, por hoy ya vale.

P.S. Ni Chichos ni nada, antes de empezar a oír a Kraftwerk, la música de la movida y demás, en la radio sonaba por ejemplo La Orquesta Mondragón, que tenía, alucina, a Luis Alberto de Cuenca como letrista en "Lobo feroz".

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martes, octubre 21, 2008



Hojas de otoño

Antes de nada, se impone pedir disculpas. Mi ritmo de entradas en el blog ha descendido vertiginosamente, y prometo mejorar. Entre que tengo un horario de pena que no me permite tener ningún rato libre (y los que tengo los he de dedicar a cuestiones de mis tutorías), que me he cambiado de piso y todavía no he abierto todas las cajas y que el calor no me deja descansar, todo eso confluye en que este blog esté desabastecido.

Pero poco a poco. Antes de nada, anhelo ya la llegada del otoño, lluvioso, fresco, con sus hojas pardas por el suelo. Como suelo decir, en el verano sobrevivo, e
n otoño crezco, y por eso, cuando el otoño se retrasa, mi nivel de mala leche en sangre se incrementa. Estoy deseando que el jazz se infiltre en mis altavoces, que la melancolía me tiña un poco la ropa y arrebujarme en la manga larga y el tacto de la lana.

Noviembre es
saludado casi unánimemente como un mes de jazz, los festivales florecen por doquier, y este año además hay que acordarse de un fotógrafo que acaba de fallecer, William Claxton, uno de los que más contribuyeron a fijar una iconografía del jazz en un crudo blanco y negro.

Alguna vez he dicho que yo me a
ficioné al jazz por estética, leyendo a Julio Cortázar, a Muñoz Molina. Y en ese imaginario también tiene un lugar importante la imagen fotográfica de un Chet Baker, un Miles Davis, posteriormente del jazz más bailable de Jimmy Smith o Grant Green.
Así que, en resumidas cuentas, a esperar que llegue el buen tiempo otoñal y podamos renacer en nuestras crisálidas.

P. S. Cualquiera de los discos que pongo valen como fondo, aunque el último jazz que me ha comprado fue algo de Art Pepper y otro cd de Jimmy Smith.
Salud.

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viernes, abril 11, 2008




Del amor a una ciudad










Uno de los libros más fascinantes que me he leído últimamente y que no quería dejar de reseñar es Estambul. Ciudad y recuerdos, del escritor turco Orhan Pamuk. Ya sé que el autor es polémico para muchos, que en su país tiene una fama que a mí me recuerda a la que tiene Javier Marías aquí (ego incluido), que tener premio Nobel tampoco es que ayude mucho a que los escritores se hagan una cura de humildad, y mucho menos a que sus detractores cambien de opinión (ah, esa anécdota de Miguel Mihura cojeando en el Café Gijón tras un éxito teatral para que sus enemigos no le tuvieran tanta envidia y darles más pena), sé todo eso, pero el libro me parece bellísimo.


Es una especie de autobiografía en la que el crecimiento del personaje va parejo al descubrimiento de la ciudad, a la fijación de una imagen, aunque movediza, de ella. Así, a capítulos centrados en relaciones familiares, su descomposición, sus inquinas (y el libro es poco autocomplaciente, aunque la mirada sea egoísta) siguen capítulos en los que el autor va desgranando las diferentes Estambules que ha ido leyendo y descubriendo en las enciclopedias, libros de viajes, recuerdos y evocaciones de la prensa, hasta crear un palimpsesto donde las visiones se entrecruzan, donde el tono melancólico, de color sepia, lo va impregnando todo. A eso hay que añadirle que la edición va trufada (¡me gustan las metáforas culinarias!) de unas excelentes fotos en blanco y negro y de un tono poético que hace que el texto se vuelva inolvidable en muchas páginas (las imágenes de los barcos que cruzan el Bósforo por la noche, los incendios del viejo pasado esplendoroso de la ciudad...). A mí me dio mucha pena que se acabara, y he de reconocer que había leído un par de libros anteriores de Pamuk y ya se le estaba acabando el crédito para mí, pero su voz narrativa me agarró y no me dejó parar. Espero que lo disfrutéis.
P.S. Las referencias musicales que pone Pamuk son las típicas de alguien adolescente en los 70 en un país como Turquía, Bob Dylan, Beatles, etcétera, pero yo le pondría algo de jazz como Thelonious Monk, o la melancolía del cool jazz de Art Pepper o Chet Baker.
Salud.

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sábado, febrero 02, 2008


Un bar en el mundo (y fuera de él)

De nuevo me pilláis en Valencia, abusando de la hospitalidad de mis amigos. De nuevo los ritos de siempre. Vuelvo y vuelvo a ciudades y me gusta hacer en ellos las cosas que hago siempre. En Valencia ya he dicho que es obligado callejear, ir al mercado central, echar un par de "pilares" en el bar El Pilar, en la calle Bolsería, con sus patatas bravas con ajoaceite y sus clóchinas, pasar mil veces por la Estacioneta que os pongo en esta foto antigua, hacer una visita de domingo al IVAM (mañana me espera Chirico y fotos del hermano de Manuel Vicent).

A esos ritos añado uno bien curioso: alguna noche, de retirada, hay que ir a tomar un buen té a un bar de la calle Ruaya que mis amigos llaman el submarino por una puerta que tiene, y por la forma longitudinal.
Es uno de esos sitios que han conocido tiempo mejores, pero que son refugio de aves nocturnas de diverso pelaje, el típico garito anclado en el tiempo que tiene un encanto algo inefable: oscuro, con un suelo de calle en forma de falso adoquín, un letrero de una calle de Valencia que pone Passatge Tete Montoliu y que dudo mucho que exista más que en la imaginación del gerente del establecimiento. Y es de este señor del que os quiero hablar mínimamente. Desde la primera vez que lo vi me recordó a la idea que tengo de Biscuter, el ayudante de Carvalho, el detective creado (no sé quién creó a quién) por Manuel Vázquez Montalbán. Bajito, con bigote, con una seriedad casi circunspecta, a veces tiene un aire al genial Alfredo Landa de El crack de Garci, de cuando Garci hacía cine. Con tranquilidad y oficio, como una ballena varada, va poniendo sus vinilos de buen jazz clásico, blues, sus teteras desportilladas. Como un detective de novela retirado, que decide invertir su vida en lo que más le gusta, su bar, y olvidarse del mundanal ruido que antaño conoció y que guarda en su interior historias que nunca nos contará.

P.S. En su honor, hoy suena algo de jazz comprado ayer, música de vibrafonistas como Cal Tjader, que ameniza esta tarde de sábado un poco gris. Salud.

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jueves, diciembre 27, 2007



La delicia de la navidad




Que no se llame nadie a engaño, no soy de los que creen que la navidad sea una época maravillosa del año, desde hace ya tiempo que sólo le veo la ventaja de las vacaciones, pero he de reconocer que este sábado me di una alegría, y no fue, evidentemente, la lotería. El sábado 22 pusieron en la 2 (¿dónde iba a ser?) una peli de esas que parecen poca cosa y sin embargo la recuerdas una y otra vez. Se trata de Deliciosa Martha, esta peli que veis al lado del año 2001 y dirigida por Sandra Nettelbeck, que también es la guionista. Decir de ella que es "Una comedia para gourmets" es faltar mucho a la verdad. Lo cierto es que bajo la apariencia de una comedia típica de caracteres enfrentados (la estupenda -¡cómo me gusta esta mujer!- Martina Gedeck que disfrutamos en La vida de los otros y el no menos excelente Sergio Castellito) hay muchas más cosas sobre las relaciones humanas, nuestra fragilidad, nuestros temores...

Es una peli hecha con cariño, como el pastel que la cierra, con los ingredientes justos para no empalagar, con una fotografía muy tamizada y otoñal, con unas miradas sutiles que dejan traslucir la fragilidad de los personajes, cómo van y vamos creciendo y cambiando con ellos.

Además, la banda sonora es otro ingrediente (ya que estamos en harina, sigo con la misma familia léxica) fundamental, ese sensacional Paolo Conte que hace que la vida sea más amable, como le ocurre a esta peli, que, pese a que la tengo en dvd y la ponían a las 2 de la mañana, no pude evitar volver a ver y volverme a emocionar y alegrarme las navidades.

P.S. No suena Paolo Conte, pero sí el Herbie Hancock que os pongo al lado, Takin' Off, uno de mis últimos cds, que tiene otra canción alegre, surrealista y maravillosa como es "Watermelon Man".

Que os sea leve.

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martes, diciembre 18, 2007



Plumíferos




Qué se le va a hacer, uno es un plumífero, a tiempo parcial pero plumífero, es decir, llevo pluma. No sé de cuándo me viene la afición, sí que recuerdo que cuando comulgué (sí que hace tiempo de eso...) regalaban muchas veces un juego de pluma y bolígrafo, y me encontré con un par de ellos de la marca Inoxcrom, que hay que reconocer que eran malos de solemnidad. Era un poco incómodo lo de cambiar de cartucho y demás, sobre todo porque tienden a secarse rápidamente en cuanto no los usas.

Después, en otro de los regalos que daban las cajas, me llegó una pluma de la marca Sheaffer, que tenía la pega de que escribía bastante grueso y que era muy larga y gorda. Porque ésa es otra historia, los que escribimos con pluma tenemos manías: que si ésta hace el trazo muy grueso, que si pesa mucho, que si este plumín no acaba de escribir fluido...

Desde hace un tiempo, me he aficionado a las plumas pequeñas, que caben en cualquier sitio. Por ejemplo, la marca parisina Daniel Hetcher tiene algunas que me encantan, elegantes, suaves y discretas. Perdí (o más bien me perdieron) una, y no la he podido recuperar.

Lo único malo es que la pluma estilográfica, que relaja al escribir y que se desliza suavemente por el papel, necesita de una buena caligrafía, y no es mi caso. Como dice mi padre, cuando escribo lo entiende dios y yo, y una vez que lo escribo no lo entiende ni dios.

Afortunadamente, en internet la letra está estandarizada y no hay problema para mis sufridos lectores.

P.S. ¿Música para esta entrada? Me lo voy poniendo difícil. Lo último que me compré era de este señor que os he recomendado alguna vez, Lee Morgan, y más concretamente este cd. Y me gusta mucho para pasar los rigores del invierno (ayer me cayó encima un chaparrón de agua helada que me dejó tieso para todo el día).
Salud.

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domingo, diciembre 16, 2007




El placer de la lectura








La prensa lleva unos días bombardeándonos con los resultados de una encuesta sobre la dificultad de comprensión lectora de los niños y adolescentes, y sobre el escaso hábito que éstos tienen a ponerse como estos de aquí al lado, obligados, me imagino.

Qué hacer para que alguien en formación lea es complicado, y echar las culpas a diestro y siniestro, no. Evidentemente, leer requiere colaboración, participación, esfuerzo, gusto, muchos factores, entre los que no es el más insignificante el deseo de adquirir una personalidad formada, reposada, reflexiva, hoy que prevalece el resultado inmediato y no el proceso, el fin y no el medio.

Tampoco el socorrido recurso a las familias tiene toda la explicación: los padres de los niños y adolescentes que ahora no leen ya han tenido formación en muchos casos, a veces mucha más que los que nacimos de hijos de la posguerra. Recuerdo que en nuestra casa de alquiler los únicos libros que había eran los que daban las cajas por imposiciones a plazo. Era la época de los 14% de interés y cosas así, y entonces las cajas daban también libros: John LeCarré, Félix Rodríguez de la Fuente, éste con firma y todo después de una buena espera, Vargas Llosa... Y tebeos, que yo iba a cambiar muy a menudo a una tienda de chucherías llamada la Cuqui, sic, y que siempre me cabreaba porque ls que yo llevaba estaban impolutos y nuevos y los que podía conseguir no.

Poco a poco, en la escuela, me entró el hábito lector, gracias a una estratagema del maestro de 1º de EGB. El que acababa pronto el trabajo, tenía acceso a un armario cerrado con llave lleno de tebeos y de revistas ilustradas con historietas, y ése era el mejor premio para mí, una distinción. La atracción hacia esa puerta misteriosa que encerraba tantas historias desconocidas era para mí enorme. A lo mejor era por ser hijo único y tener que montarme un mundo en el que yo encajaba, no lo sé, pero hay estamos.

Luego vino Enid Blyton y los libros de "los cinco", y ahí el vicio ya se hizo necesidad, esperar a mi cumple o a Reyes para que me llegará otro libro más se hacía eterno...

Y hasta hoy. Y que siga.

P.S. En el ciber sólo oigo las conversaciones en varios idiomas, pero me viene a la cabeza un cd que he desechado varias veces, Jazz para leer. Ahora que hay música clásica para dar a luz, heavy metal para insultar a las viejecitas, new age para relajar la próstata, ¿por qué no jazz para leer? Es una buena opción.
Buena lectura.

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jueves, octubre 11, 2007



La envidia del músico






No se preocupe nadie, no hablaré de los defectos de los músicos, sino de la envidia que me dan en muchos casos. Uno lleva casi 30 años oyendo música de forma consciente, es decir, eligiendo emisoras de radio, comprando cassetes-elepés-cedés, teniendo cada día horas y horas las orejas ocupadas en la música, y sin embargo soy incapaz de interpretar o leer nada de música, y de ahí mi envidia, sana, si es que existe.

De joven siempre había alguien en los grupos o pandillas que tocaba la guitarra, o la armónica, y era, indefectiblemente, junto con el bailongo y el macarra, además del guaperas, el espíritu de la fiesta, el del éxito seguro. Tal vez nazca de ahí mi envidia, pero creo que sobre todo viene de la felicidad que emana un músico cuando está interpretando sobre un escenario. Se le ve feliz, exhausto pero sonriente. Hablo sobre todo de los músicos que son cercanos, que los ves a tu lado en el escenario, que no se toman el concierto como un trámite sino como un disfrute personal del que está haciendo aquello que más le gusta, y lo está haciendo bien.

Cuando además hay varios músicos en la escena y ves cómo se intercambian guiños, sonrisas, burlas, etcétera, yo como espectador me lo paso en grande.

He puesto una foto arriba del pianista dominicano Michel Camilo, que en ese documental fantástico del jazz latino que dirigió Fernando Trueba, Calle 54, demuestra claramente lo que acabo de decir. La felicidad que emana de las teclas del piano de Camilo, su complicidad con sus músicos, el disfrute del lucimiento de los demás (hay que reconocer que en el jazz es donde mejor se integran esos solos improvisados que sorprenden al resto de los músicos, que les pican, que les hacen ir más allá) se transmite directamente, sin palabras, al espectador, y es una gozada participar de esa ceremonia.

O en un concierto de pop donde tienes acceso a claves privadas, donde conoces las canciones y algo de su proceso, como aquí con Sergio Algora de La Costa Brava cantando "Adoro las pijas de mi ciudad" y Fran, como dice la canción, "te lo cambio por amor, el dinero que tu padre te dejó".
Así que eso, envidia sana.
P.S. Como hoy hace un día lluvioso y taciturno en Cambrils, la música contraria, el acid-funk-jazz rabioso de ese grupo vitamínico que es James Taylor Quartet, su Wait a minute, que creo que fue el primer cd de ellos que compré.

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martes, febrero 13, 2007



Infinita esperanza





Uno de mis pensadores favoritos, al que tampoco quiero tildar de filósofo, es Walter Benjamin, este judio caviloso que tenéis al lado. Ya nombré uno de sus ensayos más influyentes, La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, donde reflexionaba sobre el carácter único que tiene la obra de arte original del artista, ese "aura" que no puede reproducir la copia. Pero además de eso, tiene múltiples ensayos de lectura obligada, sobre Baudelaire, el hachís, el romanticismo, los pasajes de las ciudades, el "flâneur", esa especie de paseante urbano reflexivo, parecido a los peripatéticos atenienses...
Además, me encanta su estilo fragmentario, paradigma de la modernidad, donde el pensamiento cae picoteado en varios temas y va saltando una vez que ha dejado allí su semilla.
Perseguido por toda Europa, sin saber dónde iría a parar en la debacle nazi, viendo su casa berlinesa asaltada, escapó hacia Francia, al Sur, con la intención de pasar a Estados Unidos, como tantos centroeuropeos perseguidos, pero al llegar a Port-Bou, en la España franquista del año 40, se vio acorralado y se suicidó con la morfina que llevaba en la mochila.
Unas de sus últimas palabras, si no su epitafio, fueron éstas: "Hay infinita esperanza, pero no para nosotros".
En el Berlín actual, cerca de la K-Damn, hay una plaza moderna dedicada a su memoria, pero no tenía ni una triste estatua ni nada.
Hoy suena una de mis últimas adquisiciones en mi "razzia" barcelonesa, una sueca moderna que canta un jazz precioso y que se llama Caroline Henderson, Love or nothin' y que no me canso de oír.

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viernes, febrero 09, 2007


Un día de lluvia (en la ciudad)


Ahora luce un sol un poco falso, con un viento que parece que se nos vaya a llevar a otras latitudes, pero esta mañana llovía (y me tendré que acordar de arrastrar el paraguas todo el día. Pregunta: ¿dónde van a para los paraguas perdidos cuando sale el sol? ¿Hacen albóndigas como con los retratos que se dejaban en un restaurante, que decía Gila?), y ayer, lo que me hizo recordar esa canción de los granadinos 091 que tanto me gusta y que titula la entrada.
Ayer, yendo a la biblioteca a por material acústico (cds), vi a un niño que chapoteaba en un charco, y, cual proustiana magdalena, me acordé de mí mismo en la infancia, con unas botas de blancas de plástico que me ponía cuando llovía y que mi madre me decía: "No te metas en los charcos". ¿Y para qué quería yo pues las botas? Para eso. Además, en mi mitología infantil, me ponía un pantalón de pana oscuro y me imaginaba, de esa guisa, un coronel Caster cualquiera en Little Big Horn luchando contra Jerónimo o el indio que tocara. Ah, qué cosas tiene la infancia.
Un compañero de trabajo y sin embargo amigo me dijo una vez que alguien dijo que el hombre había creado las ciudades para escapar de la naturaleza, pero que la lluvia se la recordaba, y por eso no nos gustaba.
A mí me gusta, de vez en cuando, esa lluvia suave y melancólica, o también una estruendosa tormenta de verano.
Hoy suena Charlie Parker, del que no sé cuántos cds tengo, pero al que no me resisto. Y creo que ya recomendé su biopic, Bird, dirigido por Clint Eastwood y que le supuso su reconocimiento como cineasta de qualité.

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