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viernes, febrero 09, 2007


Un día de lluvia (en la ciudad)


Ahora luce un sol un poco falso, con un viento que parece que se nos vaya a llevar a otras latitudes, pero esta mañana llovía (y me tendré que acordar de arrastrar el paraguas todo el día. Pregunta: ¿dónde van a para los paraguas perdidos cuando sale el sol? ¿Hacen albóndigas como con los retratos que se dejaban en un restaurante, que decía Gila?), y ayer, lo que me hizo recordar esa canción de los granadinos 091 que tanto me gusta y que titula la entrada.
Ayer, yendo a la biblioteca a por material acústico (cds), vi a un niño que chapoteaba en un charco, y, cual proustiana magdalena, me acordé de mí mismo en la infancia, con unas botas de blancas de plástico que me ponía cuando llovía y que mi madre me decía: "No te metas en los charcos". ¿Y para qué quería yo pues las botas? Para eso. Además, en mi mitología infantil, me ponía un pantalón de pana oscuro y me imaginaba, de esa guisa, un coronel Caster cualquiera en Little Big Horn luchando contra Jerónimo o el indio que tocara. Ah, qué cosas tiene la infancia.
Un compañero de trabajo y sin embargo amigo me dijo una vez que alguien dijo que el hombre había creado las ciudades para escapar de la naturaleza, pero que la lluvia se la recordaba, y por eso no nos gustaba.
A mí me gusta, de vez en cuando, esa lluvia suave y melancólica, o también una estruendosa tormenta de verano.
Hoy suena Charlie Parker, del que no sé cuántos cds tengo, pero al que no me resisto. Y creo que ya recomendé su biopic, Bird, dirigido por Clint Eastwood y que le supuso su reconocimiento como cineasta de qualité.

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