narrow

martes, febrero 05, 2008






De Chirico y de la pólvora










Ya de vuelta a casa, a alguna casa como dice Andrés Calamaro, unas líneas sobre la expo que pude ver (más o menos, estaba abarrotada). En otra ocasión había visto ya algunos cuadros del italiano Giorgio de Chirico, uno de los representantes más relevantes de las primeras vanguardias. Su pintura metafísica, con ese gran componente arquitectónico (de hecho era el leit-motif de la expo, la arquitectura), ese enigma subyacente en muchos de sus cuadros, sus claroscuros, eso que tienen de onírico, reconozco que me gusta y me atrae. Me sorprendió ver algunos cuadros cuya técnica se puede ver en otro gran surrealista, el belga Rene Magritte, el pintor más literario. Ese misterio transitará posteriormente en la obra de otro de mis favoritos, el también belga Paul Delvaux. En suma, una expo atractiva, aunque la segunda parte, el influjo de la pintura de Chirico en la arquitectura, me pareció más curiosa que otra cosa.


En otro orden de cosas, he de agradecerle a la impresentable alcaldesa de Valencia, Rita Barberà, el recibimiento que me dispensó poniendo la conmemoración del nacimiento de Jaume el Conqueridor justo durante mi estancia allí. Así pude disfrutar de esas mascletás que sólo saben hacer en Valencia, que te erizan los cabellos con la apoteosis de ruido y estruendo armonioso (y no es un oxímoron) y de un buen castillo de fuegos artificiales por la noche, también excelentemente medido, con ritmo y contundencia. Sé que es como volver a la infancia y a los días de fiesta, pero esa sensación de magia me sigue pareciendo atractiva.

P.S. De fondo hoy tengo la música elegante del dúo sueco Club 8, que me descubrió mi anfitrión valenciano, y más concretamente su último cd, The Boy Who Couldn't Stop Dreaming, que ya nombré pero que, en un acto de justicia poética, llevé a mis anfitriones.

Etiquetas: , , ,

sábado, febrero 02, 2008


Un bar en el mundo (y fuera de él)

De nuevo me pilláis en Valencia, abusando de la hospitalidad de mis amigos. De nuevo los ritos de siempre. Vuelvo y vuelvo a ciudades y me gusta hacer en ellos las cosas que hago siempre. En Valencia ya he dicho que es obligado callejear, ir al mercado central, echar un par de "pilares" en el bar El Pilar, en la calle Bolsería, con sus patatas bravas con ajoaceite y sus clóchinas, pasar mil veces por la Estacioneta que os pongo en esta foto antigua, hacer una visita de domingo al IVAM (mañana me espera Chirico y fotos del hermano de Manuel Vicent).

A esos ritos añado uno bien curioso: alguna noche, de retirada, hay que ir a tomar un buen té a un bar de la calle Ruaya que mis amigos llaman el submarino por una puerta que tiene, y por la forma longitudinal.
Es uno de esos sitios que han conocido tiempo mejores, pero que son refugio de aves nocturnas de diverso pelaje, el típico garito anclado en el tiempo que tiene un encanto algo inefable: oscuro, con un suelo de calle en forma de falso adoquín, un letrero de una calle de Valencia que pone Passatge Tete Montoliu y que dudo mucho que exista más que en la imaginación del gerente del establecimiento. Y es de este señor del que os quiero hablar mínimamente. Desde la primera vez que lo vi me recordó a la idea que tengo de Biscuter, el ayudante de Carvalho, el detective creado (no sé quién creó a quién) por Manuel Vázquez Montalbán. Bajito, con bigote, con una seriedad casi circunspecta, a veces tiene un aire al genial Alfredo Landa de El crack de Garci, de cuando Garci hacía cine. Con tranquilidad y oficio, como una ballena varada, va poniendo sus vinilos de buen jazz clásico, blues, sus teteras desportilladas. Como un detective de novela retirado, que decide invertir su vida en lo que más le gusta, su bar, y olvidarse del mundanal ruido que antaño conoció y que guarda en su interior historias que nunca nos contará.

P.S. En su honor, hoy suena algo de jazz comprado ayer, música de vibrafonistas como Cal Tjader, que ameniza esta tarde de sábado un poco gris. Salud.

Etiquetas: , , ,