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domingo, julio 29, 2007










Los cafés de Viena







Ya sé que los cafés de Viena tienen fama mundial, además del café vienés, y por eso hoy os pongo alguna de las fotos que hice de ellos. El American Bar (los muy estúpidos de los camareros no me dejaron hacer una foto del interior) fue diseñado por Adolf Loos, el mejor arquitecto de la Viena del principio de siglo y del que ya os puse esa imagen de su mejor edificio en Michaelerplatz.


El Café Central, de visita obligada y menú de 7.90€ sin bebida (pedid cerveza, lo demás es carísimo) es un café precioso y lujoso con un escaparate de tartas impresionante, periódicos de todos los países importantes es lo mejor de Viena. Allí iba Altenberg, Werfel, Zweig, Freud, Kraus..., todo lo más granado de la intelectualidad vienesa y centroeuropea.


Por último, la última foto que me deja subir blogger, el café Diglas, al que no me dio tiempo a entrar, con pianista incluido, en la calle donde estaba la mejor librería de Viena, que ya pondré en otra ocasión.


Como ya dije un día, un libro reciente, finalista del premio Anagrama de ensayo, Poéticas del Café, de Antoni Martí Monterde, analiza la presencia y la importancia del Café como local en la forma europea de ser, en la conformación de un tipo de intelectual y de manera de interpretar el mundo. El libro es interesante, pero no definitivo, en ocasiones se hace moroso y en otras pasa de puntillas sobre aspectos o escritores que a uno le gustaría que tuvieran más presencia, pero es un buen intento de sistematizar lecturas interesantes que pocas veces habían sido leídas y relacionadas con anterioridad entre sí.
P.S. Desde el ciber, hoy pondría algo de música de jazz, por eso de que en Centroeuropa le tienen mucha querencia (hermosa palabra), sobre todo en Praga. Lo último que me compré, unos dobles de Blue Note que se llaman Evening, Smoking..., variados y baratitos.
Salud.

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lunes, julio 23, 2007



La mirada de las estatuas




Ya creo haberlo dicho por aquí con anterioridad, una de las cosas que más envidia me dan de salir al extranjero, a algún extranjero, además de la conciencia ecológica, el nivel cultural medio, las librerías, el grado de civilidad (mejor me paro...), son las estatuas que jalonan casi cualquier recorrido. Tienen muy claro que hay personajes que merecen ser recordados unánimemente y tratados con respeto y en Viena, Berlín, Londres, Praga... es habitual encontrarse con bellas estatuas. Hoy, si no me canso antes de darle a los pedales del ordenador, y es que casi voy a pedales, os pongo alguna de Viena.


La de arriba del todo es de Peter Altenberg, uno de esos personajes de la época dorada de la literatura de Café de Viena, de los que vivían allí y a veces iban a dormir, por el día, a algún antro o pensión de mala muerte. Esta estatua preside la entrada a unos de los mejores Cafés vieneses, el Café Central, donde iba toda la intelectualidad vienesa y centroeuropea (Kraus, Zweig, Freud, Werfel, Schnitzler...). De los Cafés con mayúscula y de un libro que los analiza, de Antoni Martí Monterde, Poética del Café, hablaremos otro día, que lo merece. Ah, por cierto, si no había 20 periódicos diferentes para leer allí, varios en lengua no alemana, no había ninguno. ¿Eso quiere decir algo?


Vista la velocidad de subir fotos, cierro con una que también me hizo gracia, una placa que recordaba que allí, en ese hotel, se reunían a menudo Franz Kafka y su amigo Max Brood, su albacea y al que le debemos, a su supuesta traición a la petición de su amigo de que quemara al morir todas sus obras inéditas, debemos, decía, una de las obras puntales de la literatura occidental, la obra de Kafka. La placa está enfrente del Café Hawelka, uno de los más acogedores y cálidos, menos "puesto" que el Central, eso que los británicos denominan "cosy", como ese jersey dado de sí que nos ponemos en casa cuando hace frío.


P. S. Hoy de fondo suena algo elegante que volví a recordar el otro día oyendo a mi amigo Sergio Algora en una de sus sesiones de DJ, Richard Hawley en Cole's Corner, su magnífico último cd con la esplendorosa canción The Ocean. Si no lo tenéis, id a buscarlo ya!

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lunes, julio 16, 2007



... pero es nuestro hijo de puta




La frase la he oído atribuida a varios personajes, aunque a quien más se la he oído es a Nixon cuando hablaba de Somoza, el sanguinario dictador (ya sé que es redundante) nicaragüense: "Ya sabemos que es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta". Esta sensación es la que a veces te da la vuelta a España, aquí tenemos muchos defectos en muchos aspectos (medioambientales, convivencia, culturales...) pero hay que reconocer que hay cosas que merecen la pena.

Esto me vino el sábado, cuando después de ir al mercado a por pescado y vegetales varios, me fui a echar un vermutillo. El sitio de siempre, del que ya he hablado aquí en más de una ocasión, el celler Gras, estaba cerrado, así que me metí en otro garito también conocido en Tarragona, el Coimbra, y allí, entre cabezas de gambas, guitarras, motos colgadas y una decoración abigarrada, me tomé una cerveza bien fría, con el vaso helado (placer de dioses) y unos boquerones en aceite. Evidentemente, nada que ver con la racionalidad y la majestuosidad vienesas, es otra historia, pero reconozco que si viviera en le extranjero habría cosas que echaría de menos, y no sólo las gastronómicas. También la relación que establecemos con la gente, esa cierta calidez, incluso esa dejadez que cuando pasa a ser descuido me irrita tanto, pero ese "vive y deja vivir", cuando está teñido de responsabilidad, me parece muy bien.

Aquí no hay apenas rasgos de ciudades imperiales como cuando vas a París, Londres, Berlín, Viena, por contra tenemos a veces elementos medievales en nuestras ciudades, o zonas que están casi como hace tres siglos. Edificios como éste magnífico de Adolf Loos en la Michaelerplatz habrían sido derribados para construir un bloque de apartamentos, no respetamos muchas cosas de los demás, pero cuando pasas unos días por ahí reconoces que hay cosas que echas de menos, sólo lo bueno, pero lo notas. Os pongo aquí al lado una foto de Karl Kraus, el escritor austríaco que fue mi lectura de cabecera en estos días en Viena y prometo que pondré fotos mías en cuanto llegue a Zaragoza, o sea, si puedo hoy, que el ordenador se ha colgado y no me venden billetes... Cosas de España.
P.S. no me da tiempo a poner música.

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jueves, julio 12, 2007




La vuelta a casa, a alguna casa






Pues sí, de nuevo en alguna casa, que decía el Calamaro de Honestidad Brutal, si no recuerdo mal. Nada más llegar ayer de Viena estuve a punto de poner una entrada para tener las cosas frescas, pero como dice aquél, cuando viaja uno en medios de transporte raudos, primero llega uno y luego su alma, así que lo dejé para hoy.


Todavía no he puesto las fotos en el ordenador, así que tardaré unos días en subir algunas. He hecho algunas de mis series favoritas: estatuas en la calle, farolas, cafés, gárgolas... No he querido hacer ninguna de cuadros porque realmente en la red se encuentran bien las imágenes, además de que esté prohibido hacerlas con flash y entonces quedan flojas.


¿Impresiones? Un poco de todo. Como dice mi amigo Jose Ramón Díez Espinosa, son raritos los austríacos, me ha costado un montón encontrar libros de mis favoritos (Roth, Zweig, Kraus, Schnitzler...) y nada en inglés, excepto una guía artística de Viena, los cafés son estupendos (los locales, me refiero, la bebida que ponen como café no tanto), en los museos, carísimos, puedes pasar buenos ratos sobre todo a mí que me encanta el expresionismo y obras como la de Egon Schiele que ilustran este post. No tiene ni de lejos la vitalidad de Berlín ni el encanto de Praga (ni los turistas, todo hay que decirlo, ni la cerveza) y es un sitio tranquilo y amablemente civilizado, aunque con un aire un poco demodé, finisecular. Ya iré poniendo cosas del diario de viaje que fui escribiendo. Estábamos al lado del Prater y la mayor parte de los desplazamientos que hacíamos eran en tranvía, que es una excelente manera de ver una ciudad, sobre todo si pasan por la parte más antigua. Seguiremos informando.


P.S. La música mental que me acompañó durante todo el viaje fue Trans Europe Express, de Kraftwerk, que será lo que oiga al llegar a casa. Me parece una música adecuada para las visitas a los lugares con historia de Europa, los sitios donde han ocurrido las cosas que han conformado una cierta forma de ser. Su toque de frialdad supuesta, su perfección formal y melódica, su última canción que se queda con un vocoder repitiendo en un bucle "Europe endless" son excelentes para que no todo sea Strauss y familia (su estatua dorada en el parque de Staad es lo más kistch del viaje). Auf Wiedersehen!

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