El reflejo del alma
Es un tópico decir que la cara, el rostro, es el reflejo del alma, pero lo cierto es que con el tiempo vamos teniendo la cara que nos merecemos, o la que creemos merecer. Un rostro en movimiento (las fotos normalmente nos dan poca información fiable de nosotros, es una imagen congelada) dice mucho de nosotros, de nuestra sensibilidad, de nuestra aptitud ante las cosas, de nuestra máscara, en definitiva.
Una de las ocupaciones dignas de diletante es sentarse en una terraza con una cerveza y ver pasar gente, mirarles a la cara y pensar en lo que estará en esos momentos dentro de esa cabeza. Era un de mis ocupaciones favotritas en las tardes barcelonesas, bajar al bar Mañé (excelente ensaladilla, tortilla y croquetas), en la esquina de Conde Borrell con Floridablanca, y entre quintos y quintos de Voll-Damn, dejar pasar, morosamente, el tiempo y la gente.
Para eso, el flanêur de la gran ciudad del que hemos hablado ya en otras ocasiones se las pinta solo, meterse en un metro y observar, sin más, a tus momen
táneos vecinos de asiento, de vagón, da una sensación curiosa, a veces desasosegante, que te hace volver la mirada hacia otro lado.
táneos vecinos de asiento, de vagón, da una sensación curiosa, a veces desasosegante, que te hace volver la mirada hacia otro lado. Hace años, Els Comediants hicieron para televisión una serie basada en un aparato que permitía leer los pensamientos de la gente, una idea atractiva pero no sé si del todo deseable. ¿Nos gustaría estar abiertos, transparentes, a los demás, que nuestra máscara se diluyera? ¿Podríamos vivir así? ¿Qué ocurriría? Me recuerda el bello cuento de Boris Vian, "La niebla", en el que una niebla espesísima y afrodisíaca cae sobre la gran ciudad e impide que la gente se vea el rostro, lo que provoca una ola de desinhibición y desenfreno tremendas. Cuando, de repente se avisa de que la niebla va a levantar, y aquí viene lo más bonito del cuento, la gente decide sacarse los ojos ("Fuera, gelatina vil", ¡qué frase más tremenda del enorme Shakespeare!) y seguir sin verse los rostros.

P. S. Hoy me lo he puesto difícil con las músicas, tal vez alguna canción de David Bowie, el hombre camaleónico de los mil rostros y los ojos de dos colores, la famosa "Ashes to ashes", o los madrileños Alphaville con "De máscaras y enigmas" o la peli que encabeza el post, Sunset Boulevard, El crepúsculo de los dioses, que me parece un clásico de la observación de los demás.
Etiquetas: rostros, vida cotidiana

