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viernes, marzo 09, 2007



Tradutore...





De nuevo aquí, vengo de cometer un par de pecados veniales, eso sí, pincho de tortilla, mediana y dos croquetas caseras (una delicia!) en el celler Gras sin humo del que os hablé el otro día y de mirar los cepos en Abacus a ver si había caído algo. Pocas novedades, pero me he cogido un libro baratísimo de fotos de los años 20, preciosas, y un libro de Manu Leguineche, que siempre me ha caído especialmente bien, Hotel Nirvana, una vuelta por Europa a través de los hoteles de lujo (más que nada porque nunca los visitaré, of course). Pero hoy os quería hablar de la traducción y poner un poema del señor que tenéis arriba, el escritor en lengua polaca Adam Zagajewski.
La traducción me ha parecido siempre un arte muy difícil, captar las sutilezas de otro idioma que no es el materno no es tarea que se aprenda en poco tiempo, o tal vez nunca. De hecho, yo leo en cuatro idiomas con más o menos fluidez y creo que no me atrevería a traducir nada, y menos literatura.
Conozco a tres traductores bien diferentes, pero sólo dos se dedican a la literatura, Federico Corrientes (compañero de facultad, amigo y traductor del inglés, por ejemplo el Irvine Wels de Trainspotting) y Xavier Farré, traductor de polaco y alguna otra lengua eslava. Mi admiración por su trabajo es infinita, así que, como homenaje, aquí va un poema de Zagajewski traducido por Xavier Farré del libro Deseo para Acantilado:
La ciudad donde me gustaría vivir
Es una ciudad silenciosa al atardecer, cuando
las pálidas estrellas despiertan de su desmayo,
y ruidosa al mediodía con las voces
de filósofos orgullosos y mercaderes
que traen terciopelo de oriente.
Arden en ella los fuegos de las conversaciones,
pero no las piras.
Las iglesias antiguas, piedras enmohecidas
de una vieja oración, son su lastre
y su cohete espacial.
Es una ciudad justa,
donde no se castiga a los extranjeros,
una ciudad de memoria rápida
y de lento olvido,
tolera a los poetas, a los profetas les perdona
su escaso sentido del humor.
Es una ciudad construida
según los preludios de Chopin,
reducidos a la tristeza y la felicidad.
Pequeñas colinas la rodean
en un ancho anillo; allí crecen
fresnos de campo y el esbelto álamo,
juez en la nación de árboles.
Un río impetuoso atravesando el centro
de día y de noche murmura saludos
misteriosos de las fuentes,
de las montañas, del azul del cielo.

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