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miércoles, agosto 22, 2007



La lluvia de la memoria




De repente, el verano parece acabarse y a uno se le pone el cuerpo de otoño, mi estación favorita, junto con la primavera, el invierno y algunos días del verano, claro. Una noche atípica de agosto, con el viento frío ululando en las ventanas y una media luna de esas que parecen presagiar algo desapacible. Y buscar el pantalón de chandal por no querer cerrar la ventana del todo. Y en la 2, la única cadena que sorprende para bien, un programa que me ha parecido todo un lujo, "Crónicas", dedicado a la memoria de Ainielle, el pueblo desaparecido en los años 60 del Sobrepuerto oscense y que le sirvió a Julio Llamazares para hacer su, para mí, mejor novela, La lluvia amarilla.

La historia de Ainielle es la de tantos pueblos que se siguen cayendo en cualquier parte del mundo, pero a mí me llegó especialmente. Será por la melancolía del relato, por la soledad que emana, por lo que tiene de elegía, no sé, pero todos los años, al comenzar el otoño (que ya sé que falta para eso, pero dejadme que lo evoque) me acuerdo de ese libro y me quiero imaginar la vida en una zona pobre de montaña. Todavía me estremezco al acordarme de una nochevieja que pasé en una casa rural cerca de Aínsa, preciosa, por cierto. Un día, frío pero soleado, decidimos subir por una pista a un pueblo que tenía unos menhires, Tella, si no fallo. Allí, un anciano que parecía el encargado de la iglesia, nos enseñó una especie de cobertizo-museo donde guardaban retazos de un mundo rural desaparecido, unas lascas, unos herrumbrosos e irreconocibles aperos... La imagen del señor mostrando lo que quedaba de ese pueblo, su pobreza honrada (ya sé que eso suele ser redundante), su ropa, el saber que probablemente nosotros éramos la única visita en días, y nuestra propina a lo mejor lo único que tendría en el bolsillo, todo eso me viene a la cabeza cada vez que me acuerdo de Ainielle, del libro de Llamazares, de este otro que le dedicaron, de todos los que alguna vez, en circunstancias muy diferentes, han-hemos tenido que coger una maleta para ir en busca de trabajo u otra vida a tierras lejanas a las del origen. Y esa estrofa de Labordeta que creo que cité en otra ocasión: "Si en algún lugar te encuentras/ gente con la casa a cuestas/ no les hables de su tierra/ que te miraran con rabia/. Con rabia en la voz y el viento/ y con rabia en la mirada/ con la rabia que produce/ abandonar lo que se ama".

P.S. Sé que esto ha quedado tristón, en compensación un cd triste que ha sonado tímidamente en el reportaje, el sensacional Le phare, de Yann Tiersen, antes del bombazo de la BSO de Amelie.

Salud.

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