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jueves, septiembre 25, 2008











Aromático y sabroso




De todas mis aficiones gastronómicas, la más persistente, además de la cerveza, es el gusto por el café solo (hace milenios que no pruebo la leche, cuando me la bebía de pequeño, me daba arcadas y dejé de tomarla allá por el pleistoceno, de hecho se la daba a un dinosaurio que criábamos).




No recuerdo cuándo me tomé el primer café de mi vida, aunque probablemente fuera en un verano en el pueblo de mi madre que ha salido varias veces por aquí (Monreal del Campo) y en unas tazas de color marrón oscuro. Si para algunos niños bien, ponerse de largo era pasar de la infancia a la adolescencia, tomar café era hacerse mayor, no sé muy bien los motivos pero era algo para hacer al acabar de bachillerato o en el año de COU (estudiando selectividad, por ejemplo). El "déjale tomar café, que ya es mayor" (como si fuera un licor de altísima graduación, por ejemplo) era una frase muy corriente. Después, miles de cafés, de todo pelaje (no es una metáfora, algunos cafés parecen tener pelo) y condición. Y quedar cientos de veces con amigas en su casa a tomar café, cuando lo que querías era tomar esos labios que se aplicaban con fruición a la taza, y decir eso de "al menos podemos quedar algún día a echar un café", frase mínimamente consolatoria.



En cuestión de cafés, hay que reconocer que en España, Portugal e Italia tratan bien el género. Del café del resto de Europa, mejor ni hablar (y si incluimos a británicos e irlandeses, ya se salen de la categoría por sus infumables mejunjes donde sólo se salva algún Caffé Nero y algún Starbucks, eso sí, siempre que se pueda tomar en taza de porcelana, si no, nada) Este verano, en Italia, escapando de los cafés del desayuno del hotel (que son agua de fregar más bien) he tomado buenos ristrettos, de esos en que la cucharilla puesta en vertical no alcanzan ni a marcar la mitad y que siempre te da miedo echar el sobrecillo de azúcar por si hará isla y absorberá todo el café. Pero eran unos cafés excelentes. También en Portugal, que lo recuerdo más suave. Y en Barcelona, mi sitio favorito para tomar café es bien conocido por todos, el Bracafé de la calle Caspe, al que llevo yendo 16 años desde que mi amiga Mercedes me lo descubrió en mi primera visita a Barcelona (bebí agua de la fuente de Canaletas, que dicen que así vuelves a BCN, y vaya si he vuelto, miles de veces, incluyendo los años que he vivido allí).
Pues eso, ¿nos tomamos un café?
P.S. Muchas canciones hablan de café, pero mañana os subo un vídeo con unos de los cortos de Jim Jarmusch de su peli Coffee and cigarettes. Salud

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